Capítulo 85. La tempestad desatada
RANDALLEl tiempo en el hospital era un enemigo, pero mi convalecencia no duró. Al tercer día, me sentía mejor, más fuerte y, contra las órdenes del médico, me preparé para salir. Mi herida aún dolía, manifestándose como un pinchazo ardiente bajo la camisa, pero la adrenalina y la furia me mantenían en pie. Mientras me vestía con cuidado, James entró con una tableta, su rostro serio.—Lo tenemos, Randall. —dijo, señalando la pantalla—. Una propiedad remota en los páramos de Yorkshire. Antigua, aislada, a nombre de una corporación fantasma ligada a un testaferro de Bratt. Las imágenes satelitales muestran actividad inusual y una camioneta blindada de aspecto sospechoso.Mi corazón dio un vuelco. Yorkshire. Lejos, pero no inalcanzable.—¿Qué hay de los abogados? —pregunté, ajustando mi chaqueta sobre el vendaje.—Encontramos un juez de distrito que ha estado procesando documentos de manera irregular. —intervino Reynolds, entrando también—. Coincide con los tiempos de la desaparición de
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