NarradorEn las afueras de la ciudad, en una casa modesta pero acogedora, lo suficiente para una estancia tranquila, William se sienta en una silla del salón principal. Con un vaso en la mano, su mirada se pierde a través de la ventana, reflejando un aburrimiento profundo.—¡Maria! ¡Maria! —grita impaciente, con un tono cargado de irritación.El sonido de los tacones de la mujer resuena en el suelo de madera, anunciando su llegada. Finalmente aparece en la habitación, con una expresión cansada y de impotencia.—Dime, querido, ¿qué pasa? —responde Maria, esforzándose por mantener la calma.—¿Ya cocinaste? ¡Me muero de hambre, maldita sea! ¡Eres una completa inútil! —refunfuña William, dejando caer sus palabras como un látigo.Maria abre la boca, buscando una respuesta adecuada, pero se queda helada. Desde que huyó con él, William no ha hecho más que tratarla como a una simple sirvienta. La decepción por su elección pesa enormemente sobre ella.—No, querido, todavía no. Es solo que... n
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