La luz de la mañana se colaba entre las cortinas como un martillo sobre mis pupilas. Un dolor sordo y persistente latía en mis sienes, y cada músculo de mi cuerpo protestaba al moverme aunque fuera un milímetro. Me senté con dificultad en la cama vacía y me sorprendí por ese detalle. Kilian no estaba. Y él siempre, siempre estaba en las mañanas. Al llevarme la mano a mi ceja, sentí la aspereza de una venda adhesiva en ella. Y fue entonces que, como un torrente, volvieron los recuerdos de mi aventura nocturna; el whisky, la caída, el agua llenándome los pulmones, la sangre, sus brazos sacándome... y mis palabras, débiles, quebradas y llenas de dudas, que ahora me hacían sentir patética y estúpida. ¡¿Cómo se te ocurrió cuestionar sus sentimientos por ti, Nadia?! Estás loca... ¡Loca! La puerta se abrió de pronto y Kilian entró. No veía furia en sus ojos, pero sí estaba bastante serio, que era casi peor. Se detuvo al pie de la cama, cruzando los brazos. Su mirada era u
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