El aire en The Cliffs se sentía más denso que en las montañas, Aria caminaba por el vestíbulo con pasos vacilantes, manteniendo la mirada baja y los hombros encogidos, proyectando la imagen perfecta de una mujer rota que apenas reconoce las paredes que la rodean.A su lado, Julian la sostenía del brazo, actuando como su guía y salvador, sin sospechar que, bajo esa máscara de fragilidad, la mente de Aria Beaumont operaba con la precisión de un cronómetro.— Solo serán unos minutos, Julian — susurró ella, fingiendo un temblor en la voz — Necesito el diario de mi madre y algunas joyas, si vamos a irnos... necesito algo que me pertenezca.Julian asintió, apostándose en el pasillo como un centinela.Aria entró al ala principal y, en lugar de ir a su habitación, se deslizó hacia el despacho de Killian.El aroma a sándalo y cuero la golpeó como un recuerdo físico, pero se obligó a concentrarse y con dedos ágiles, revisó el escritori
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