En una noche cualquiera, Arthur preparaba la cena esperando que su esposa llegara de trabajar, tarde, como en ocasiones anteriores; no obstante, a diferencia de esas otras veces, su ausencia no le pesaba. Los planes de adopción habían cerrado la brecha por la que presentía que su matrimonio se escurría, y le había concedido una paz interior, sublime. Disentía el grado de su conflicto interno hasta que, por fin, volvió a encontrase en tregua consigo mismo, y se dio cuenta del martirio que lo hundía, de las culpas y los reproches que alguna vez se dedicó.Corrió al encuentro de su esposa cuando escuchó la puerta abriéndose. La saludó en la sala principal con un tierno beso y le recibió su abrigo Chesterfield, que luego colgó en el perchero. Lauren también percibía el consolador cambio en su esposo, que otra vez volvió a estar cerca. A menudo temía tener que cenar sola después de regresar de las oficinas. Se esforzaba por llegar a una hora más decorosa, sin embargo, siempre se dejaba con
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