Los ojos de Lionel se abrieron de par en par por la sorpresa; su mente corría para intentar descubrir cuánto sabía aquel extraño sobre su vida personal. Un ceño fruncido de desconcierto surcó su rostro. Este no era el hombre que había visto con Beth. ¿Cómo, entonces, la conocía? ¿Podría ser que Beth tuviera muchos admiradores?La curiosidad brilló en sus ojos mientras se arriesgaba a preguntar:—¿Cómo la conoce?La expresión de Franklin se oscureció y sus ojos se endurecieron como fragmentos de pedernal.—No te he dado permiso para hacerme preguntas —gruñó, y Lionel se encogió—. Yo pregunto, tú respondes. Con la verdad.Lionel asintió frenéticamente, conociendo las consecuencias de ofenderlo.—¿A qué se debe la animosidad entre tú y Beth? —presionó Franklin con gélida curiosidad—. No dudó en enviar a su padre a la cárcel. Fue bastante sorprendente.La molestia se agrió en las entrañas de Lionel.—Hija malagradecida —siseó—. Yo la crié, le di mi nombre y un techo sobre su cabeza. Pero
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