La derrota pesaba en el ambiente tras la dramática salida de Alexander.
—¿Cuándo me dejará en paz de una vez? —refunfuñó Malcolm, hundiéndose aún más en el sofá.
Franklin, siempre oportunista, vio su oportunidad. Se acercó a su padre con sigilo, adoptando un tono reconfortante.
—No se disguste así, abuelo. Déjeme este asunto a mí.
Malcolm lo miró con sospecha; su mirada entrecerrada se mantuvo sobre él un segundo más de lo debido.
—Sí, padre —intervino Claudia—. Alexander siempre ha sido obstin