MEGAN El sonido del timbre se ha convertido en algo que mi cuerpo reconoce antes incluso de que mi mente procese lo que significa, una alerta constante que me obliga a tensarme en el lugar donde esté, ya sea en la cocina, en la sala o incluso acostada intentando descansar, porque sé perfectamente quiénes están del otro lado de la puerta sin necesidad de mirar. Me quedo inmóvil en medio del living, con una mano apoyada sobre mi vientre, observando la puerta como si pudiera atravesarla con la mirada, como si eso fuera suficiente para hacerlas desaparecer. No lo es. Nunca lo es. El timbre vuelve a sonar, insistente, invasivo, y luego la voz de mi madre se filtra con facilidad a través de la madera, llamándome con ese tono que intenta ser suave, conciliador, como si todavía tuviera derecho a usarlo conmigo, como si no hubiera pasado absolutamente nada entre nosotras.Cierro los ojos un momento, respirando profundo, obligándome a no reaccionar, a no moverme, a no ceder ante ese impulso ca
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