Eros esperó que sirvieran dos copas para después entregarle una a Alyssa en su mano. Él todavía no podía creer lo que habían hecho, no podía creer que alguien tan hermosa fuera su esposa y, sobre todo, no podía creer que ahora ella, literalmente, era de su propiedad, así como él era de la suya también. Ni en sus mejores sueños Eros se imaginó que estaría de esa forma.Y cuando Artem llegó hasta su lado, no dudó en hacérselo saber—. Es que, en serio, el gran dios, Eros Caruso, ¿casado?, ¿asentando cabeza? ¡No, para nada! —exclamó Artem sonriéndole a él y a Alyssa—. Es decir, después de tantas fiestas, orgías e intercambios de pareja, creí que por lo menos tendrías un par de enfermedades que no te dejarían ni siquiera tener hijos.—Si valoras tu vida, aconsejo que te calles —le gruñó.Eros miró con el ceño fruncido a Artem, mientras veía como de reojo las cejas de Alyssa se apretaban. Ahora ella lucía preocupada, incluso quizás asqueada, pero con su hermosa madurez, ella solo sonrió y g
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