Diana cerró su taller a las once de la noche. Harrison se había ido hace una hora con promesas de tener «todo listo» para mañana. Torres instaló seguridad adicional en el edificio. Madison dormía en el sofá del fondo, exhausta, envuelta en mantas que Diana había apilado sobre ella como si fuera una niña. Nathan estaba en la ventana, teléfono pegado al oído, hablando en voz baja con alguien sobre «protocolos de seguridad» y «rutas de escape». Y yo estaba sentada en el suelo del taller, rodeada de muestras de tela que Diana había estado mostrándome durante la última hora.—Este es crepé de seda —decía, pasándome un cuadrado de tela color marfil—. Perfecto para blusas estructuradas. Y este… —sacó otro, verde esmeralda—. Satén italiano. Caro como el infierno, pero cae como un sueño.Dejé que la tela verde se deslizara entre mis dedos. Suave. Fría. Real.—¿Por qué me muestras todo esto?Diana se sentó frente a mí, cruzando las piernas estilo pretzel.—Porque necesitas pensar en algo que no
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