La casa estaba en silencio.No un silencio pacífico, sino ese que queda después de una tragedia, cuando nadie se atreve a moverse por miedo a romper lo poco que aún se sostiene. Francesco había convertido aquel lugar en una fortaleza discreta: hombres vigilando desde lejos, armas ocultas, puertas reforzadas. Todo para protegerla.Todo para no perderla otra vez.Anabel descansaba en la habitación principal, recostada de lado, una mano sobre el vientre. Había logrado dormir apenas un par de horas. El cansancio era más fuerte que el miedo... hasta que el dolor llegó.No fue inmediato. Fue una punzada baja, profunda, distinta.Anabel abrió los ojos de golpe.—No… —susurró, llevándose la mano al abdomen.El bebé se movió con fuerza, casi desesperado. Un segundo después, otra contracción, más intensa, le arrancó un gemido ahogado. Su respiración se desordenó.Demasiado pronto.Demasiado pronto.—Francesco… —intentó llamar, pero la voz se le quebró.El dolor volvió, como una ola que no pedí
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