La heladería L’Artigiano era el único lugar en todo Manhattan que conservaba un aire rústico y elegante a la vez. Cuando las puertas de cristal se abrieron, el aroma a barquillo recién horneado y vainilla de Madagascar nos envolvió.Alexander entró con el ceño fruncido, consultando su reloj de oro cada cinco segundos. Mila, en cambio, caminaba como si estuviera entrando a una gala de la ONU, con la barbilla en alto y la mirada evaluadora.—Tres bolas. Pistacho, chocolate blanco y... —Mila hizo una pausa dramática frente al mostrador, mirando al joven heladero que parecía intimidado por la presencia de Alexander— ... y sorbete de frambuesa.—Mila, el trato eran dos —advirtió Alexander, cruzando los brazos sobre su pecho, haciendo que su traje de sastre se ajustara peligrosamente a sus hombros.—El sorbete es un digestivo, tío. No cuenta como postre —respondió ella con una lógica aplastante—. Además, después del susto que me diste con lo de dejarme encerrada, mi azúcar necesita estabili
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