A las seis de la mañana, el sol apenas comenzaba a filtrarse por los ventanales de la sala de juntas del piso 50. El aire estaba cargado de tensión; los miembros del Consejo Directivo, hombres que habían prosperado bajo la sombra de mi ausencia, estaban sentados en sus sillas de cuero, evitando mi mirada.Entré en la sala con un traje sastre blanco impecable. El sonido de mis tacones era el único juicio que necesitaban. Me senté en la cabecera, el lugar que mi abuelo había reservado para la "Heredera de Hierro".—Buenos días, señores —dije, colocando un archivo negro sobre la mesa—. He pasado la noche revisando los libros contables de los últimos tres años. Es fascinante cómo, mientras yo cocinaba cenas para un hombre mediocre, algunos de ustedes cocinaban las cuentas de mi empresa.Un silencio sepulcral llenó la sala. El Director de Finanzas, un hombre llamado Estrada que siempre había sido cercano a Julián, tragó saliva.—Señorita Ferragotti, debemos entender que la gestión del seño
Leer más