El sol de la mañana entraba por los ventanales de la cocina, iluminando una escena que parecía sacada de un universo paralelo. Alexander Sterling, con la camisa remangada y harina en el antebrazo, intentaba voltear un panqueque bajo la supervisión técnica de Mila. Victoria, sentada en la isla con una taza de café, reía como no lo había hecho en años.—Tío, el ángulo de giro es de 180 grados, no 150. Estás perdiendo eficiencia —sentenció Mila, consultando su cronómetro imaginario.—Mila, por última vez, cocinar no es un proceso de logística industrial —gruñó Alexander, aunque tenía una sonrisa involuntaria.Justo cuando el panqueque aterrizó perfectamente en el plato, la pesada puerta principal se abrió de golpe. El sonido de unos tacones rápidos y decididos resonó por todo el pasillo. Alexander se tensó de inmediato, dejando caer la espátula.—¡Alexander Sterling! ¡Más te vale que mi hija esté entera y con todos sus dientes! —La voz de Isabella, la madre de Mila, precedió su entrada a
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