La tormenta nocturna había cedido paso a una madrugada serena, teñida por un velo de niebla baja sobre las crestas del agua. La casa del puerto amaneció envuelta en esa penumbra tibia que antecede a los primeros destellos del sol. En el dormitorio principal, las sábanas de lino blanco descansaban revueltas sobre el lecho. Mia despertaba despacio, sintiendo la pesadez placentera en el cuerpo y el brazo firme e imponente de Antonio rodeando su cintura, manteniéndola pegada a su torso desnudo como un ancla indestructible. Se movió con cuidado dentro del abrazo, pero el agarre de Antonio se volvió instintivamente más denso. El ex-CEO abrió los ojos lentamente; sus iris azules, aún cargados de somnolencia, la enfocaron con esa devoción absoluta que jamás se apagaba. —Intento de fuga a las seis de la mañana, socia —murmuró Antonio con su voz desgastada y rasposa, hundiendo el rostro en el hueco de su hombro para dejarle un beso lento y tibio. —No me fugo, CEO —sonrió Mia en un s
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