El rugido del motor del avión fue sustituido por el susurro rítmico de la marea al caer la tarde sobre la costa. De vuelta en la casa del puerto, el aire cargado de salitre, pino y tierra húmeda los recibió como el único abrazo verdadero. La capital, con sus luces encandiladoras, sus críticos de arte y sus sombras corporativas, había quedado reducida a un reflejo distante en el retrovisor del tiempo.Antonio cerró el portón principal de roble con un golpe seco y definitivo. El sonido retumbó en la entrada, marcando la frontera infranqueable entre el mundo exterior y su santuario. Se quitó la chaqueta del traje y la dejó sobre el respaldo de la consola, desabrochando los primeros botones de su camisa mientras sus ojos azules buscaban de inmediato la figura de Mia.Ella caminó hacia el ventanal del salón, descalza sobre la madera fresca, contemplando cómo el sol se hundía en el horizonte, tiñendo el océano de un rojo ardiente y dorado. Llevaba el vestido marfil de la mañana,
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