Belén, con las ideas dando vueltas, se acostó; sentía rabia y miedo. Extrañaba a Fabián, estaba segura de su amor y quería enviar una señal, al menos una nota que explicara algo, lo que fuera; quería decirle que estaba bien, pero el tiempo pasaba y seguía sin poder abandonar la casa. Se sentía asfixiada, suspiró con amargura enroscada sobre sí; imaginaba cómo sería abrazar a su hijo, imaginaba la voz de Fabián pidiendo que lo acompañara hasta el infinito. Las lágrimas se negaron a desaparecer. Serena llegó a verla con un té de manzanilla en las manos; al escucharla, Belén fingió dormir…Serena susurró:—Sé cómo te sientes, también tuve miedo…—Mi hijo… lo quiero tener y a la vez siento que no puedo continuar. Tal vez mi bebé sea lo último que quede de Fabián.—Bel, me tienes a mí y a todos. Sabes que te amamos. Sé que tu historia no es ni de cerca parecida a la mía, pero sé que eres fuerte.Al acariciar su cabello, Serena recordó sus tardes en la playa peinando a los turistas p
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