Lucía, la niña huérfana; Yadira, la musa fugitiva; y Viviana, la niñera perfecta. Todas esas identidades estaban allí, frente a los ojos de Damián, habitando el mismo cuerpo. Ella se levantó para buscar un vaso de agua; necesitaba remojar una garganta seca por el peso de los secretos que finalmente salían a la luz. —Damián, si te cuento esto no es porque quiera tu compasión —sentenció ella, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Yadira comenzó a narrar su vida desde aquel día en que cruzó las puertas del orfanato hacia la libertad, una libertad que resultó ser una trampa tras otra. —Cuando salí, solo quería conocer el mundo. Empecé a trabajar duro y obtuve mi pasaporte. Pero entonces conocí a un patán. Por él, y por la promesa vacía de formar el hogar que nunca tuve, me quedé cuatro años. El día que descubrí su traición, yo llegaba a casa con la noticia de que había ganado la lotería. No le reclamé nada. Simplemente me fui, llevándome conmigo el dinero que me permitir
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