El dolor no era una línea recta; era una marea.Empezaba en la parte baja de la espalda, un rumor sordo y lejano, y crecía rápidamente hasta convertirse en un tsunami de presión incandescente que envolvía las caderas, el vientre y la mente, borrando todo lo demás.—¡Aaaah! —El grito de Elena se escapó entre sus dientes apretados, un sonido gutural que nunca antes había emitido, ni siquiera cuando la torturaron en Yakarta.La habitación de partos del Hospital Quirón estaba bañada por una luz blanca, clínica, implacable.Elena estaba empapada en sudor. Su pelo, normalmente brillante y ordenado, estaba pegado a su frente y cuello en mechones húmedos.Sus nudillos estaban blancos, aferrados a la barandilla de la cama con una fuerza que amenazaba con doblar el metal. Con la otra mano, trituraba la mano de Rafael.—¡No puedo! —jadeó Elena cuando la contracción empezó a remitir, dejándola temblando y exhausta—. ¡Rafael, no puedo más! ¡Diles que paren!Rafael se inclinó sobre ella. Llevaba un
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