En Ginebra, Ethan organizó el lanzamiento mundial del libro de Alice. La prensa estaba expectante. Alice, roja como un tomate, estaba sentada frente a su primera edición.—Solo tienes que leer el primer párrafo, Alice —susurró Ethan, dándole ánimos—. Estás con nosotros.Alice tomó aire y abrió el libro, pero Missiu Leguau, que se había quedado con ellos para "supervisar", decidió que el atril de cristal era el lugar perfecto para una siesta. Se echó justo encima de las páginas, ocultando el texto y mirando a la prensa con aburrimiento supremo.La sala se quedó en silencio. Ethan estaba a punto de intervenir cuando Alice soltó una carcajada. Se relajó por completo, acarició la cabeza de Missiu y empezó a contar la historia de memoria, sin necesidad del libro.—En realidad —dijo Alice a los periodistas—, el conejo que no sabía saltar aprendió a caminar con estilo gracias a una gata muy orgullosa que conoció en el camino.El público estalló en aplausos. Missiu, al escuchar los vítores, s
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