Dos horas después, la sala de espera de maternidad estaba en silencio. Oliver, ya más calmado, caminaba de un lado a otro esperando noticias de Paz. De repente, las puertas automáticas de urgencias se abrieron de golpe con un estruendo.
Apareció Julián, pero no era el hombre elegante de hace dos horas. Llevaba el pijama puesto del revés, una zapatilla de casa y un zapato de vestir, y cargaba a Mía en brazos mientras gritaba como si estuviera en medio de un bombardeo.
—¡Abran paso! ¡Emergencia d