El silencio que se abatió sobre la habitación fue brutal. Érica se quedó completamente inmóvil. Durante unos segundos, solo miró fijamente a su hija, como si no hubiera comprendido lo que acababa de escuchar.El libro que aún descansaba en su regazo se deslizó lentamente hasta el suelo, pero ninguna de las dos pareció notarlo.—¿Q-qué? —murmuró, abriendo mucho los ojos, atónita.Laura no apartó la mirada.—Deja de fingir —dijo, cruzándose de brazos con rigidez, la mirada cargada de reproche.Érica parpadeó, totalmente desconcertada.—Laura… no estoy entendiendo… —respondió, llevándose la mano al pecho, intentando recuperar el aliento.—¡No te hagas la tonta! —la interrumpió Laura, con la voz temblando de rabia y dolor.Se levantó de golpe de la cama.—¡Admite lo que hiciste! —exigió, apuntándola con el dedo.Érica también se puso de pie lentamente, con el corazón latiéndole a mil.—¿Qué hice yo? —preguntó, abriendo las manos en un gesto de incredulidad.Laura soltó una risa amarga.—¿
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