El paisaje empezó a borrarse. Los árboles eran manchas verdes y el mar a nuestra izquierda era un lienzo azul oscuro y furioso. Julian sacó una petaca de su chaqueta y tomó un trago largo antes de ofrecérmela. El whisky quemó mi garganta, pero me hizo sentir viva, eléctrica.De repente, el ambiente cambió. Las primeras gotas de lluvia empezaron a golpear el parabrisas, convirtiendo el asfalto en una pista de patinaje negra y brillante.—Julian, frena un poco, está empezando a llover —dijo uno de los chicos desde el asiento trasero, su voz teñida de un miedo repentino.—Cállate, sé lo que hago —respondió Julian, pisando el acelerador a fondo para adelantar a un camión en una zona prohibida.El coche patinó ligeramente. Mi corazón dio un vuelco, pero la euforia seguía siendo más fuerte que el instinto de supervivencia. Estábamos volando. Estábamos huyendo de las sombras, de los Blackwood, de las promesas de hospital y de los ojos azul tormenta que me perseguían en mis sueños.—¡Julian,
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