Narrado por Liam Donovan
Llevábamos cinco días encerrados en esta burbuja de asepsia y silencio. Mi mundo se había reducido a cuatro paredes blancas, el sonido de los goteros y el ritmo de la respiración de Mia. Me había convertido en su carcelero voluntario, filtrando cada llamada, revisando cada bandeja de comida y durmiendo apenas un par de horas en un sillón que ya sentía como parte de mi columna vertebral.
Pero Mia estaba recuperando sus fuerzas, y con las fuerzas, regresaba su impaciencia