Narrado por Mia BlackwoodSi me hubieran dicho hace un año que mi mayor desafío no sería sobrevivir a una sobredosis, sino entender el funcionamiento de una lavadora de carga frontal, me habría reído en la cara de cualquiera. Pero aquí estaba, en el cuarto de lavado de nuestro nuevo apartamento, flanqueada por Chloe y Casey, quienes me miraban con la paciencia de dos maestras de preescolar lidiando con una alumna particularmente lenta.—A ver, Mia, respira. Es ciencia básica, no física cuántica —dijo Chloe, sosteniendo un calcetín de Liam como si fuera una prueba pericial—. Ropa blanca con blanca. Ropa de color con color. Si mezclas este calcetín negro con tu blusa de seda clara, mañana tendrás una blusa gris cemento. ¿Entendido?—Entendido —asentí, concentrada—. ¿Y cuánto veneno de ese azul le pongo?—No es veneno, es suavizante —rio Casey, apoyada en la secadora—. Y solo se pone un tapón. Si le pones media botella como intentaste hace cinco minutos, Liam va a resbalar por el pasillo
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