Narrado por Mia Blackwood
El despertador sonó a las cinco y media de la mañana. En otro tiempo, ese sonido habría sido el preludio de una resaca monumental o el recordatorio de que necesitaba otra pastilla para enfrentar el día. Pero hoy, el sonido era simplemente Liam. Sentí el colchón hundirse cuando él se levantó, y aunque intenté hacerme la dormida, su mano acarició mi cadera con una suavidad que me hizo sonreír contra la almohada.
—Cinco minutos más —gruñí, hundiendo la cara en el edredón.