El cielo de Berlín brillaba esa tarde, pero Lydia no estaba de buen humor. Caminaba sin rumbo por un parque de la ciudad, sin decidir adónde dirigirse. El susurro de los árboles, la brisa suave, la gente que pasaba. Lydia apenas percibía cuanto la rodeaba.
Solo podía pensar en una cosa. Cale. También pensaba en todo lo que él ocultaba.
—¿Le gustaría sentarse un momento, señora? —preguntó Andrew con cautela, manteniendo una distancia prudente.
—No —respondió Lydia, cortante, sin siquiera voltear