Las lágrimas de Eli no se detuvieron, pero poco a poco cedieron hasta quedar en un llanto silencioso. La tensión que antes le había endurecido el cuerpo dio paso al cansancio. Siguió sentada al borde de la cama, con la maleta aún abierta a su lado, mientras Althea permanecía cerca, sin apurarla ni apartarse, y la acariciaba apenas de vez en cuando.Cada pequeño gesto la hacía sentirse a salvo.—Gracias... por quedarse conmigo —dijo Eli en voz baja. Se secó las lágrimas que aún tenía en las mejillas y logró sonreír, aunque la decepción y la tristeza todavía le nublaban la mirada.—Me alegra que hoy hayas hablado conmigo. —Althea le tomó la cara entre las manos y le sostuvo la mirada—. La próxima vez, habla conmigo antes. Dime qué sientes.Eli nunca imaginó que llegaría a sentarse tan cerca de Althea, no como una invitada incómoda, no como una niña obligada a guardar las distancias, sino como alguien que merecía abrazos y consuelo sin condiciones.Miró a la mujer que tenía al lado; algo
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