Las lágrimas de Eli no se detuvieron, pero poco a poco cedieron hasta quedar en un llanto silencioso. La tensión que antes le había endurecido el cuerpo dio paso al cansancio.
Siguió sentada al borde de la cama, con la maleta aún abierta a su lado, mientras Althea permanecía cerca, sin apurarla ni apartarse, y la acariciaba apenas de vez en cuando.
Cada pequeño gesto la hacía sentirse a salvo.
—Gracias... por quedarse conmigo —dijo Eli en voz baja. Se secó las lágrimas que aún tenía en las meji