El auto se detuvo en el estacionamiento del edificio y el motor quedó en silencio.—Ya llegamos, señora —dijo el chofer antes de apresurarse a abrirles la puerta.Selena bajó primero, moviéndose con soltura. Se acomodó el cabello, tomó su bolso y se adelantó sin mirar atrás. Sin decir una palabra, cruzó el vestíbulo a paso firme.Se veía radiante, abiertamente complacida, sin el menor rastro de lo que acababa de ocurrir, como si el trayecto no hubiera sido más que un trámite de rutina que había cumplido a la perfección.Eli fue la última en bajar. Llevaba los hombros encorvados y el paso inseguro. Todavía le ardía la mejilla, le palpitaba el cuero cabelludo y sentía el pecho apretado por los sollozos que se había tragado durante todo el camino. Siguió a su madre dentro del edificio sin decir nada.Cuando se abrió la puerta del departamento, Silvia ya las esperaba en la sala. Silvia pareció aliviada al verlas regresar.—Ah, ya volvió, señora —dijo con calidez—. ¿Qué les gustaría cenar a
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