La mañana empezó con una rutina reconfortante. La mesa del desayuno estaba puesta como de costumbre. Las tazas de café y té aún humeaban, el pan tostado estaba bien acomodado y el aroma de la mantequilla y la mermelada llenaba el aire. El suave tintineo de las cucharas contra los platos creaba un ritmo familiar y apacible.Daven ya estaba listo. Su traje impecable, la corbata en su lugar exacto. Se veía más descansado que la noche anterior, no porque sus problemas hubieran desaparecido, sino porque ahora sabía por qué se mantenía firme y por quién. Tomó un sorbo de café con calma, mirando de vez en cuando su reloj, pero sin ninguna prisa.Un pequeño alboroto se escuchó al otro lado.—Papá, ¿esa pan es mío o de Grace? —Josh fue el primero en hablar; luego se escucharon sus pasos apresurados.—¡Es mío! —protestó Grace, apurándose tras él, con el cabello todavía un poco despeinado.—Bueno, ya, los dos, cálmense. —Althea se acercó a ellos, sonriendo mientras le acomodaba el cabello a Grace
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