—Cuídenlo. Avísenme cuando despierte —dijo Cale con calma.
Oscar yacía inconsciente en el suelo; tenía sangre seca en la boca. El bate de béisbol estaba de vuelta en el rincón del cuarto, como si nunca lo hubieran usado. Y Cale, de pie, ajustándose el puño de la camisa con movimientos sin prisa, se veía demasiado sereno para alguien que acababa de golpear a otro hombre en la cabeza sin titubear.
Un guardia arrastró a Oscar fuera del cuarto sin preocuparse de si el cuerpo se raspaba contra el sue