Daven comía con calma, intercalaba preguntas atinadas en los relatos atropellados de Josh y le seguía la corriente a Grace en su torrente interminable de comentarios sin importancia. En ese momento, esa mañana, les pertenecía por entero.Desde la cabecera de la mesa, Riana y Nathan cruzaron una mirada silenciosa y cómplice. Esa intimidad no era una puesta en escena; se había forjado a lo largo de años de pequeños hábitos, de presencia constante, de una sensación de seguridad que no necesitaba gritarse para sentirse.Althea acercó el plato a Daven, asegurándose de que tuviera suficiente para comer. Cuando él levantó la mirada y se cruzó con la suya, ella le regaló una sonrisa, no un gesto grandilocuente, sino el más honesto del que era capaz. Era la sonrisa de una esposa que ve a su esposo exactamente donde debe estar.Por un instante, el mundo de afuera, con sus crisis, presiones y caos creciente, pareció quedarse a años luz. Solo existía una mesa de desayuno sencilla, la risa de dos n
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