Cuando llegó por primera vez a esta casa, todo lo que tenía era una pequeña maleta con ropa desgastada. Pero ahora, tres maletas grandes estaban allí, llenas; no con artículos de lujo que hubiera comprado durante su tiempo como esposa de Daven, sino con cosas que tenían un significado.Cosas que Evelyn le había dado.Objetos sencillos y sentimentales: una manta tejida a mano, un viejo libro de recetas escrito con la delicada letra de Evelyn y una bufanda color lavanda que la mujer mayor solía usar en invierno.Para otros, podrían no haber valido nada. Pero para Althea, no tenían precio.De un pequeño cajón, sacó una tarjeta de débito que no había tocado en meses. La última vez que Evelyn se la había ofrecido, ella se había negado.—No la necesito, abuela —dijo Althea en voz baja, devolviéndole la tarjeta a Evelyn—. Daven se encarga de todo lo que necesito. En serio.La anciana, con su corazón bondadoso y tierno, sonrió con dulzura y le acarició la cabeza. —Esto es un regalo mío, queri
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