El silencio en la habitación de invitados era absoluto, roto solo por el tic tac frenético del reloj de pared que parecía contar los segundos hacia el fin de la vida de Alma. Estaba encerrada.Ella, que había luchado toda su vida por ser libre de la pobreza y el miedo, ahora era prisionera en el palacio del hombre que amaba, Se abrazaba a sus rodillas en un rincón de la cama, mirando hacia la puerta de roble macizo donde dos guardias, que ayer le sonreían, ahora montaban guardia con órdenes de no dejarla salir bajo ninguna circunstancia.— No soy una traidora, Iván... — susurró ella a la nada, con la voz quebrada.Mientras tanto, en el pasillo sombrío, Henry Daniels se encontraba apoyado contra la pared, oculto en las sombras. Sus manos no dejaban de temblar, Y el sudor frío le empapaba la nuca.Acababa de ver al mayordomo infiltrado subir con una bandeja hacia el estudio de Iván. En la bandeja iba una tetera de porcelana, pero Henry sabía que el contenido no era Earl Grey, era el sed
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