La adrenalina de la pelea se había transformado en una concentración de láser. La rabia de Rogue era el combustible, pero la mente de Spencer era el navegador. La apuesta era impensable: mi coche, y peor aún, la dignidad de Casey.Me dirigí al pit stop donde Max ya tenía mi V8 de carrera a punto. Al pasar junto a Casey, me detuve.—Vuelve al Porsche. Cierra la puerta y no la abras por nada —ordené, mi voz firme bajo el pasamontañas.Ella me miró, y aunque el miedo era visible, la sumisión había desaparecido. Había una llama de desafío, pero también una desesperada confianza en mis ojos.—Spencer —susurró, usando mi nombre real—. Gana. No por el coche.—Lo haré —prometí.Me subí al V8. El interior era espartano, funcional. Me senté, cerrando los ojos por un segundo para visualizar la pista. La carrera no era solo por una victoria, era por la supervivencia. Si perdía, Thorne sabría que la joya de mi corona, Casey, era vulnerable. Y Víper... Víper era la encarnación del peligro que yo le
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