El sol se filtraba débilmente por la ventana del apartamento, una luz gris y perezosa. Abrí los ojos, y la primera sensación que me golpeó no fue la fatiga, sino el ardor. Mi espalda.La pasión de la noche anterior, brutal y desesperada, se había grabado en mi piel. La había poseído con una intensidad que rozaba la violencia, una necesidad pura de reclamar lo que sentía que me pertenecía. Había sido un acto de supervivencia forzada, la única forma de anclarla a mi lado después de la verdad. Ella se había rendido, exhausta y sin fuerzas para luchar contra el dolor y el engaño. Las marcas de sus uñas en mi piel eran el recibo de mi posesión.Me giré, buscando su cuerpo, la confirmación de que mi jugada había funcionado.Pero la cama estaba fría.Me senté de golpe, mi cuerpo inmediatamente tenso.—¿Casey? —llamé, mi voz era cortante.No hubo respuesta.Me levanté lentamente y recorrí el pequeño apartamento. La cocina estaba vacía. El baño, vacío. Su pequeño bolso, el que había llevado co
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