A la mañana siguiente, el sol entró por los ventanales de la mansión con una claridad insultante. Me desperté antes de que la alarma de Rafael sonara, pero me quedé inmóvil, fingiendo el sueño pesado y aletargado que la medicina solía provocarme. Sentí el colchón hundirse cuando él se levantó. Lo escuché bostezar, estirarse y caminar hacia el baño.El sonido del agua de la ducha cayendo era una sinfonía de libertad. Antes, ese ruido era solo una vibración lejana en las paredes; ahora, era el recordatorio de que cada segundo de mi vida recuperaba su textura.Rafael salió del baño silbando. Era la melodía de mi "Sonata en Re Menor", la que Carlos había presentado anoche como propia. Escucharlo silbar mi obra, mientras se preparaba para seguir drogándome, encendió una chispa de odio tan pura que tuve que apretar las sábanas para no saltar sobre él.Se acercó a la cama y me acarició la mejilla.—Despierta, mi bella durmiente —dijo él. Sus labios se movían con lentitud exagerada, esa mímic
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