Veinte años después de la muerte de Luna y cinco de la de Ethan, Ashford había transformado su memoria en un motor de cambio. La Fundación Luna Silva, ahora dirigida por Leo, había expandido sus operaciones por todo el país, ayudando a miles de víctimas de intercambios de bebés, abuso y tráfico de menores. El marco con el dibujo de Luna—violín y manos entrelazadas—seguía en la entrada de la oficina, y cada nuevo miembro recibía una copia, recordando el legado que debían honrar.Leo, ahora treinta y ocho años, llevaba la fundación con pasión y rigor. Su madre, María, había sido una de las primeras beneficiarias, y su historia le impulsaba a seguir adelante. Un día, mientras revisaba documentos antiguos, encontró una carpeta oculta con cartas de Luna a Ethan, escritas durante su estancia en Blackwood. Las cartas, rotas y manchadas de sangre, hablaban de su amor, de su dolor, de su esperanza en un futuro mejor. Leo decidió publicar estas cartas en un libro, Las manos que tocaron el cielo
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