Al día siguiente, las primeras luces del amanecer se colaron por el gran ventanal de la mansión, disipando la densa oscuridad de una noche insomne. Isabella se levantó de la mecedora con el cuerpo entumecido por el cansancio. Se dio una ducha rápida y bajó al comedor, donde el desayuno ya estaba servido. El silencio de la casa era abrumador.—Buenos días, señora Isabella —saludó Clark, entrando con paso firme al comedor—. El abogado de su padre, el licenciado Restrepo, ya está esperándola en la biblioteca.Isabella asintió con la cabeza, dejando la taza de café a medio tomar sobre la mesa de mármol.—Gracias, Clark. Pídele a la niñera que baje a Anton para que desayune algo ligero, por favor.Caminó hacia la biblioteca, un espacio de la casa revestido de maderas oscuras que siempre le había transmitido paz, pero que hoy se sentía como un tribunal. El abogado Restrepo, un hombre de avanzada edad y mirada perspicaz, se levantó de su asiento al verla entrar.—Señora Peterson, lamento muc
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