Mientras Laura y Adrien aceptaban que aún había una oportunidad para seguir juntos, en Gaeta, Amelia miraba a su pequeño Olaf dormir, tranquilo y en paz, totalmente ajeno a los sentimientos que su madre guardaba en su corazón.De pronto, el sonido de la puerta abriéndose, la sacó de sus pensamientos, más cuando vio a la figura parada justo en el umbral de la puerta.—¡Luciano! ¡Dios! ¡Mi vida! —¡Te he estado extrañando tanto! —dijo Amelia, casi no creyendo que él estuviera ahí.—¡Hola, mi vida! —dijo Luciano caminando hacia ella. —¿Cómo estás?Amelia no pudo evitar lanzarse hacia sus brazos; él se lo había dicho, llegaría cuando todo esto estuviese terminado y, tal parecía, el momento había llegado.—¡Extrañándote! Todo este tiempo te he estado extrañando, Olaf también; dime, por favor, que ya podemos estar juntos, dime que toda esta pesadilla se terminó…Luciano sonrió; sabía que la pesadilla nunca iba a terminar y sabía que Amelia también lo entendía, pero, de todas las pesadillas, a
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