La noche en Roma estaba demasiado tranquila; eso, para alguien como Adrien Bianchi, no era una buena señal, menos cuando estaba metido en algo que aún no lograba entender y mucho menos, desentrañar.
El despacho que le habían asignado estaba en penumbra, su pantalla estaba encendida, las noticias se podían leer ahí; el nombre de Luciano D’Angelo aparecía una y otra vez.
—Víctima.
—Superviviente.
—Figura clave.
Adrien cerró la computadora; no necesitaba ver más.
—Así que finalmente quedó abs