La Cámara de Venenos Reales existía en el silencio. No el silencio ordinario de los espacios deshabitados, sino algo más profundo—una quietud que parecía absorber el sonido mismo, como si las paredes de piedra caliza hubieran aprendido a guardar secretos a través de los siglos. Las antorchas ardían sin crepitar, sus llamas inmóviles como si el aire mismo se hubiera solidificado en expectación.Neferet observaba cómo el médico Imenhotep inclinaba la cabeza sobre el frasco de vidrio, sus dedos—manchados permanentemente de azul por décadas de trabajo con tintes medicinales—sosteniendo la ampolla contra la luz. El líquido dentro capturaba los rayos como ámbar líquido, dorado y letal. Hermoso, pensó ella con una punzada de horror, como tantas cosas mortales en este mundo.—Heñet-ta —pronunció Imenhotep finalmente, y la palabra
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