La luz de la mañana entraba por las celosías de piedra caliza del Salón de Juicio Real, proyectando líneas doradas sobre el suelo de mármol pulido. El aire pesaba como plomo fundido, denso con el incienso de mirra que los sacerdotes habían quemado durante toda la noche. Neferet permanecía inmóvil en el centro del salón, con las manos cruzadas frente a ella mientras los ojos de la corte la observaban como buitres esperando el momento preciso para descender sobre la carroña.Amenhotep ocupaba el trono de oro al fondo del salón, con la doble corona de Egipto descansando pesada sobre su cabeza. Las sombras bajo sus ojos revelaban noches sin sueño, y sus dedos se apretaban contra los brazos del asiento con una tensión que hacía blanquear los nudillos. A su derecha, el visir Ptahmose sostenía un rollo de papiro sellado con cera roja—la evidencia que destruiría todo
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