La luz del amanecer atravesaba las columnas del templo como cuchillas, cortando el aire en franjas doradas y oscuras. Senma permanecía inmóvil en el centro del jardín, con los pies descalzos sobre la piedra fría, mientras observaba sus propias manos como si pertenecieran a una extraña. Los dedos temblaban con un ritmo que no coincidía con su respiración, y bajo la piel, algo pulsaba. No era sangre. Era otra cosa, algo más antiguo y más hambriento.Naia estaba sentada en el borde de la fuente, con los brazos cruzados sobre el vientre apenas visible bajo la túnica blanca. Las ojeras bajo sus ojos se habían profundizado durante las últimas semanas, y su rostro mostraba una palidez que no era completamente humana, un recordatorio de su herencia atlante. Observaba a su hija con una expresión que oscilaba entre la esperanza y el terror, como una madre contemplando a un niño que camina
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