MICHAEL El volante permanece firme entre mis manos, pero soy consciente de que la tensión no proviene de la carretera sino de mí mismo, de todo lo que llevo acumulado en el pecho desde hace semanas y que hoy, por primera vez, parece encontrar una salida. Conduzco por la ciudad casi en automático, reconociendo calles, semáforos y edificios sin realmente verlos, porque mi mente está en otro lugar, en una habitación de hospital donde ella me está esperando, donde finalmente voy a recogerla para llevarla a casa. La idea se repite una y otra vez en mi cabeza como si necesitara convencerme de que es real, de que no se trata de otro día más en el que entro a ese lugar con el miedo instalado en el cuerpo, sino del día en que todo comienza a acomodarse, en que la distancia entre lo que soñé y lo que estoy viviendo deja de ser tan dolorosa. Respiro hondo varias veces, intentando calmar la ansiedad que me recorre, pero es inútil; cada segundo parece estirarse demasiado, cada luz roja se vuelve
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