100.
MICHAEL
Apenas puedo soltar su mano.
Mis dedos siguen entrelazados con los de Raquel como si temiera que, en cuanto la suelte, todo esto desaparezca y vuelva a encontrarla dormida en ese silencio profundo en el que ha estado atrapada durante semanas.
Sus ojos están cerrados otra vez, pero su respiración es distinta. Ya no es la respiración mecánica del respirador que subía y bajaba su pecho con un ritmo artificial. Ahora es más irregular, más humana… más frágil.
Estoy todavía de rodillas junto