Emma no quería compararlas con Lydia, porque su caso era distinto y, además, su confesión había sido de mucha ayuda, pero sí necesitaba que Victoria y Bianca se hicieran una idea muy clara de cómo podían terminar si seguían metiéndose con ella sin ningún motivo real. Todo se lo habían buscado solas. Cada palabra, cada humillación, cada demanda, cada escándalo que ahora pesaba sobre sus nombres era consecuencia directa de sus propias decisiones. Y, aun así, allí estaban, de pie frente a ella, con esa arrogancia absurda de quienes todavía creían que el apellido Blackwood podía servirles de escudo incluso cuando ya habían demostrado no tener ni una pizca de dignidad para sostenerlo. Victoria la miró como si quisiera insultarla en todos los idiomas conocidos y algunos inventados en ese mismo instante, pero se limitó a fruncir los labios con una rabia difícil de contener.
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