El que es, no deja de ser.

La sangre le hirvió en las venas en el instante en que los labios asquerosos de Caleb pronunciaron el nombre de Emma.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Podía soportar que lo insultara a él si eso era lo que quería. Podía incluso tolerar sus provocaciones baratas, su necesidad infantil de compararse, de medir fuerzas con quien claramente le quedaba demasiado grande.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Pero que hablara de Emma de esa manera…‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Eso no.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏
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