Capítulo 125: El mensajero.

Elizabeth Carnegie.

El auto se deslizó por la carretera oscura como un fantasma que habita un plano que no le pertenece, alejándose de las luces de la ciudad hasta que estas quedaron reducidas a un tenue resplandor en el espejo retrovisor.

Las coordenadas me habían llevado hasta este lugar olvidado por Dios y por los hombres: una zona de contenedores apiñados como tumbas de metal oxidado, cerca del mar, donde la brisa salada y fría traía consigo el eco lejano de las sirenas de los barcos.

Aparq
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